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LEON: La penitencia del maltratador

Más de cien sentencias por violencia machista dictadas en León obligan al agresor a pasar un año en un programa de rehabilitación. ¿Pueden cambiar los responsables de malos tratos?. Cada día se ponen de media en León una o dos denuncias por violencia machista. Decenas de hombres entraron el año pasado en prisión por malos tratos en el hogar y más de cien fueron obligados por los jueces a seguir un programa de reeducación. La asistencia a un grupo terapéutico en Ponferrada y el testimonio de un joven condenado abordan el problema de la violencia de género y opciones para erradicarla.

«Tuve un hijo a los 17 años; ella tenía 22. Fue todo bien durante un año, pero antes de que el niño cumpliera seis meses lo dejamos como pareja. Al principio, durante los primeros meses de separación, nos llevábamos bien. Aunque llegó un momento en el que yo encontré otra pareja y las cosas empezaron a cambiar para mal, hasta el punto de decirme que no me iba a dejar ver más al niño. Y eso... La llamé por teléfono y le dije que como no me lo dejara ver rompía las puertas; vamos, que no me paraba ni la Guardia Civil. No le dije más. Ella puso una denuncia. Al día siguiente se presentaron dos agentes en mi casa y me llevaron detenido al calabozo. Estuve una noche. La jueza me liberó, pero puso una orden de alejamiento durante un año y una pensión de 300 euros mensuales para el niño. Menos matar, por mi hijo haría todo. Cuando oigo lo del maltrato en la televisión me da rabia; es para matarlos, de verdad».



Eliecer, leonés de 21 años, es uno de los 430 casos que llegaron el año pasado a los juzgados de violencia de género en León. No se considera violento, pero su reacción le ha costado una sentencia judicial que le impide acercarse a su ex pareja a menos de 200 metros. Además de obligarle a cumplir sus responsabilidades económicas como padre, la jueza entendió que debía recibir un tratameinto para rehabilitarse. Cada vez hay más sentencias de este tipo. Un total de 137 hombres —excepcionalmente también ha habido alguna mujer condenada— pasaron en el 2011 por el grupo de terapia organizado por Proyecto Hombre, un programa de reeducación para condenados por maltrato denominado Trébol. «Nunca fui un chaval de peleas y estoy seguro de que no voy a volver a caer, porque sé que me quitan el niño». Es la segunda oportunidad que le da la jueza. Fue condenado a 25 sesiones en el mismo programa terapéutico el año anterior, pero se saltó un par de jornadas y, lo que en otro caso le habría enviado directamente a prisión, en el suyo se ha resuelto con retormar el programa otro año más. «Me cayeron 25 lunes y llevo 18». En marzo quedará libre. «Pienso seguir mi vida e intentar mejorarla; sé que sin esto voy a quitarme un peso de encima». No es el suyo un caso de tópicos: ni parte de un ambiente residual, ni tiene problemas con drogas, tampoco parece un joven inculto y, por supuesto, subraya que nunca ha pegado ni pegará a una mujer. Pero vive en una sociedad violenta y tolerante con las desigualdades de género, razones suficientes que, en opinión de los colectivos que se ocupan de las víctimas, son el principal caldo de cultivo de estos comportamientos machistas.



En León, de media, se ponen una o dos denuncias diarias por violencia contra mujeres. Aunque son más de cien los hombres que siguieron en el 2011 un proceso de rehabilitación en la provincia, resulta francamente complicado contar con el testimonio directo y abierto de alguno de ellos. Con el tiempo ha sido posible entrar en uno de los grupos terapéuticos y educativos que semanalmente se reúne en Ponferrada.



Fue el pasado lunes, a las cuatro de la tarde. Una criminóloga y psicóloga, la berciana Tania Paz, les anuncia que hoy abordarán la ira. Hay siete hombres sentados en círculo y un encerado bastante utilizado. De derecha a izquierda: el hombre de barba no habla nunca, sólo asiente; le sigue otro más mayor, muy participativo; el que va después tendrá unos cuarenta y tantos años, lleva bufanda y sonríe todo el tiempo; los dos que están sentados a continuación son extranjeros y tienen más o menos la misma edad, unos 40 años; la sexta y séptima silla están ocupadas por un veinteañero y por un hombre muy serio, también de unos 40 años. El grupo es realmente diverso. «¿Qué nos sale en medio de una discusión?», pregunta la psicológa. «Que quieres llevar la razón o buscar la forma de llevar la razón», responde inmediatamente el más mayor. «¿Y cómo es nuestro comportamiento?», continúa Tania Paz. Entonces todos empiezan a hablar ordenadamente, mientras ella va escribiendo en el panel todas las respuestas. «Rompiendo cosas», «diciendo cosas sin saber y después te arrepientes», «otros les da por pegar a la mujer», «pegando al muro», «haciéndonos daño», «bebiendo», «yo marcho de casa». Alguien parece haber dado en la clave: «Marchar», «irse de casa». «Bien, te vas, pero vuelves a casa. ¿Qué haces?», pregunta al que toma como opción salir de casa para autocontrolarse durante una discusión. «Si vuelves y hablas, a veces es peor». «Entonces —resuelve la psicóloga—, es mejor dejarlo para un momento de calma y se habla, pero cuando la discusión vaya a más, siempre es mejor poner espacio físico».



Aunque este es un programa para hombres condenados por maltrato físico o psíquico a sus parejas, el objetivo es proteger a la mujer. ¿De qué manera? Minimizando, eliminando cualquier comportamiento violento dentro del hogar.



«Un maltratador rehabilitado es una víctima menos», sostiene Jorge Juan Peña, director de Proyecto Hombre, organización que desarrolla en León el único programa de reeducación para personas condenadas por malos tratos. Principalmente es una medida que adoptan los jueces como alternativa al ingreso en prisión para determinados casos. En otros, se convierte en una condena complementaria a cumplir después de la cárcel. Pero en todos ellos, «lo que importa es que los que pasan por el programa no reinciden», asegura Peña. «Porque la finalidad última no es la cárcel, sino la reinserción». Recuerda que los primeros hombres que estrenaron las sesiones del programa Trébol en el 2007 «decían aquello de ‘no sé qué hago aquí’ y ahora comentan abiertamente que el juez les ha condenado». Es más, la divulgación de esta terapia del boca a oreja ha provocado que varios hombres la hayan iniciado voluntariamente. «Salen más calmados, toman distancia y ven las cosas de otra manera».



La intervención terapéutica y educativa que se aplica en personas responsables de malos tratos se centra en cambiar creencias distorsionadas — «algunos son analfabetos emocionales»—, conductas como el control de la ira o el reconocimiento de determinados actos. Antes de que se pusiese en marcha el programa, más de cien hombres condenados cada año por violencia machista no eran asistidos. «Existen sentencias en las que se pedía a los condenados seguir un programa de reeducación, pero al no existir uno específico no se les aplicaba medida alguna o tenían que ingresar en prisión», explican desde la organización.



«Si sólo se trata a la víctima, habrá nuevas víctimas, ya que la mayoría de ellos vuelven a tener pareja o incluso con sus anteriores parejas, a las que maltrataron; es muy importante e imprescindible la atención a las víctimas, pero si solamente las atendemos a ellas no estamos yendo a la raíz del problema, estamos poniendo parches».



Pero, ¿los maltratadores pueden cambiar de verdad? La doctora María Jesús González, directora del máster en adicciones de la Universidad de León, se muestra convencida de que «cuando se trata de personas susceptibles de mejora, seguro que cambian». Y matiza: «Hay que resolver la violencia, pero eso empieza en el colegio viviendo una relación igualitaria, que no existe». Este fenémeno de desigualdades entre hombres y mujeres crea un patrón de comportamiento muy concreto en las personas que ejercen maltrato. El seguimiento realizado sobre los más de 400 leoneses condenados por violencia de género desde el 2007 hasta el 2011 desvela, si no un perfil, un conjunto de déficits que comparten todos ellos: carencias educativas, definiciones rígidas de los roles masculinos y femeninos, nivel socioeconómico entre medio y bajo, preocupación central por el éxito profesional, desempleo o empleo intermitente, restricción emocional, baja tolerancia a la frustración, cambios bruscos de humor, falta de empatía, falta de impulsos, baja autoestima, conductas controladoras y manipuladoras, celos patológicos, haber sido víctima de malos tratos (36%), aislamiento, vida centrada exclusivamente en la familia...



Trébol no es la única opción para quien se considere agresor, acosador, maltratador. La red de 31 psicólogos que en Castilla y León da apoyo a las víctimas también mantiene desde hace años un programa para la reeducación de sus agresores. La particularidad de esta atención es que sólo está abierta a aquellos hombres que soliciten acceder a un tratamiento terapéutico de manera voluntaria. Es así desde que en el año 2006 la Consejería de Familia e Igualdad de Oportunidades de la Junta de Castilla y León suspendiese la atención de los que acudían obligados al quedar desbordadas sus previsiones presupuestarias.



El psicólogo Vicente Martín, responsable del servicio, asegura que los resultados de estas terapias son muy positivos. «El número de los que reinciden es testimonial, que yo sepa ninguno. De los que han recibido terapia, ninguno ha vuelto a ser denunciado». En los seis meses que aproximadamente dura el proceso, además de los que vienen después como seguimiento, «la persona va cambiando sus valores, olvidando sus complejos y obsesiones». «Empiezan a tener autocontrol y otras habilidades que no son el chantaje», porque, en palabras de Vicente Martín, se trata de conocer si la persona ha sido maltratada en su infancia o en su juventud, algo clave para el desarrollo futuro de un comportamiento violento en el hogar.



—¿Todas las mujeres maltratadas a las que da apoyo psicológico han denunciado a sus parejas?



—Cada vez menos por la situación económica. Hace diez años había más posibilidades de trabajo y programas institucionales que preparaban a las mujeres para acceder al mercado laboral, se las entrenaba en determinadas habilidades. Ahora, ¿dónde van?

FUENTE:

http://www.diariodeleon.es/noticias/afondo/la-penitencia-del-maltratador_664097.html.



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