Atención de Mujeres en Situación de Vulnerabilidad

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articulo sobre el maltrato y la violencia de género: Luisa Velasco, inspectora de Policia Local en Salamanca
Luisa Velasco es inspectora de la Policía Local de Salamanca. Licenciada en Psicología, experta en Violencia de Género y Mediación familiar. Autora del proyecto del Servicio Especial de Atención a la Mujer y al Menor (SEAMM) para la Policía Local de Salamanca.También es miembro del centro de estudios de la Mujer de la Universidad de Salamanca. Docente en cursos, talleres y programas de doctorado, para alumnado universitario y profesionales en diferentes materias. Le han otorgado diferentes premios por su contribución a la lucha contra la violencia de género, entre los que destacan los concedidos por el Consejo General de la Abogacía española. Colegio de Abogados de Salamanca, por el Sistema Nacional de Salud, Premio de Calidad e Igualdad por el Proyecto de colaboración intersectorial para la prevención y atención de la violencia de género presentado conjuntamente con la Gerencia de Atención Primaria de Salud de Salamanca, y la Comisión Territorial contra la Violencia de Género de Castilla y León.



Estas reflexiones son producto de mi experiencia diaria con mujeres que han sido víctimas de violencia. En muchas ocasiones nos resulta difícil recoger en una denuncia el sufrimiento invisible al que se han visto sometidas.



Resulta casi imposible hablar de la violencia que se ejerce sobre las mujeres, o lo que es lo mismo, violencia de género o machista, y resistirse a mencionar las cifras de mujeres que han perdido la vida a manos de sus parejas o ex parejas. En la última década han sido asesinadas más de 600 mujeres.



Hasta hace relativamente poco tiempo, este tipo de violencia permanecía oculta en la intimidad de la pareja, y se consideraba un problema privado, generando en la mujer “una muerte en vida” como así la definen algunas de las víctimas.



Al principio la violencia es sutil, la mayoría de las veces se trata de un atentado contra su autoestima: su pareja la ignora, no le presta atención, la compara con otras mujeres, la menosprecia; así surge el miedo a hablar, a hacer algo que no le guste, convenciéndose que como él dice “no vales para nada”; continúan los insultos, descalificaciones, amenazas… y surgen las primeras agresiones físicas “me daba pequeños empujones… Me sujeta fuertemente por el brazo… Una bofetada… Un tirón de pelo… Patadas en la barriga estando embarazada”; al inicio de estas situaciones, el primer insulto, el primer empujón… Ella le disculpa pensando que ha sido un hecho aislado, que está cansado, o que tiene una copa de más, se auto convence: “la culpa es mía”; cree que merece todo lo que le ocurre porque el agresor ha potenciado los sentimientos de baja autoestima: “eres una inútil… Si no fuera por mí, estarías sola… ¿A ti… quién te va a querer?… Y sobre todo espera el cambio que nunca llega.



Estas escenas de agresiones psicológicas y físicas se convertirán en algo cotidiano, y se entremezclan, excepcionalmente, con escenas de reconciliación, de romanticismo, que confunden a la mujer, mientras sigue siendo objeto de insultos y vejaciones. Piensa que haga lo que haga dará igual, nada cambiará la situación. Se atormenta entre sentimientos de culpabilidad y fracaso. Teme por su vida y cree que ha perdido el control sobre ella. Afloran sentimientos ambivalentes hacia el agresor de amor-odio. Piensa que será incapaz de resolver la situación al estar sujeta al control y dominación por parte de su pareja y cree que nadie puede ayudarla.



El agresor impedirá que la mujer mantenga relación con familiares y amistades, conduciéndola así al aislamiento social lo que favorecerá su dependencia. Si en algún momento piensa en buscar ayuda, sufrirá las consecuencias, por lo que se rendirá para evitar nuevas agresiones; pensará que si es sumisa, pasiva, callada… “Él se portará mejor”. Aguantará en silencio, hasta que las agresiones se extiendan a sus hijos/as o acabe en el hospital por una agresión más grave. Intentará sobrevivir cada día con la esperanza de que su agresor cambie.



¿Quién no se ha preguntado alguna vez porque las mujeres no abandonan una relación de este tipo?



La dependencia afectiva, y en ocasiones también económica, la falta de recursos, la inseguridad, las amenazas, los hijos e hijas, la vergüenza, el miedo… Son condicionantes a la hora de tomar determinadas decisiones. El agresor no agrede constantemente, existen periodos en los que se muestra cariñoso (fase de reconciliación del ciclo de la violencia, después de una agresión) lo que hace que la mujer se sienta mejor y vuelva a confiar en él. A pesar de todo lo que sucede, en muchas ocasiones, la víctima sigue enamorada de su maltratador. Le quiere. Por eso se hace tan difícil denunciar, o mantener la denuncia, una vez denunciados los hechos; alejarse del agresor… Es una nueva y compleja situación, nada fácil, especialmente cuando la mujer tiene hijos/as.



¿Cómo proteger a quien no piensa que está en peligro?



Según los datos facilitados por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad el pasado año fueron asesinadas 49 mujeres, de ellas únicamente 9 habían formulado denuncia contra su agresor y en tres casos los agresores habían quebrantado las medidas de alejamiento con consentimiento de la víctima. Es cierto que no podemos garantizar la protección total a las víctimas, ya que ésta depende de muchos factores, entre los que destaca la conducta de la mujer. Es preciso que sea consciente del proceso en el que está inmersa, la importancia de seguir adelante una vez que ha tomado la decisión de romper. Debe poner fin a la relación y solicitar ayuda. De nada sirven los recursos si la víctima no es consciente del riesgo; debemos dotarla de los recursos adecuados y proporcionarle la ayuda especializada que necesita desde todas las áreas de intervención, con el fin de que pueda recuperar su bienestar.



Por otra parte y para finalizar, resaltar la importancia de la prevención. Se ha avanzado mucho en la atención a las víctimas desde diferentes frentes de la actuación profesional para evitar la victimización secundaria, también para lograr una mayor sensibilización sobre este grave problema, pero aún queda mucho por hacer. Las relaciones entre adolescentes repiten los mismos patrones. Muchos jóvenes consideran que si no hay celos, no hay amor. En nuestras intervenciones en las aulas comprobamos que todavía están fuertemente arraigadas determinadas creencias y comportamientos machistas, que justifican la subordinación de las mujeres; por ejemplo, pensar que las mujeres solo sirven para realizar las tareas domésticas o que las chicas deben vestir de una forma determinada; algunos hombres consideran a la mujer como un ser inferior, carente de derechos, las menosprecian, las discriminan… Es importante que desde edades muy tempranas se asuma que somos “personas” y que hombres y mujeres gozamos de los mismo derechos.



La violencia contra la mujer es un problema social que nos afecta a todos ya todas, y en nuestras manos está cambiar esta sociedad, por otra más justa e igualitaria donde no se reproduzcan los patrones de violencia y en la que las mujeres no se vean obligadas a soportar los malos tratos.



Su prevención y erradicación pasa por la implicación de todos los órganos públicos en general y especialmente la implicación desde el ámbito educativo.



Sólo educando desde la igualdad y fundamentalmente desde los grandes pilares básicos -la familia y la escuela- podremos acabar con esta lacra, porque sin lugar a dudas, no hay mejor prevención de la violencia que la educación.





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