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La Opinion de la escritora Antonia Bocero sobre la violencia de género
Me disponía a escribir sobre la brutal muerte de la joven granadina Mónica cuando escucho por la radio que hay que lamentar dos nuevos casos de violencia de género. Uno de los homicidios ha tenido lugar en Terrassa, y la victima tenía 29 años. Y como es normal te sobrecoges, dejas el teclado, te alejas de la radio, te vas a hacer algo, vuelves e intentas seguir. Pero ya no eres la misma ni podemos ser los mismos, porque con cada nueva muerte injusta que se sucede en el mundo, se va algo de nosotros, dejando en el ánimo una profunda huella de tristeza.





Cuando un drama es tan feroz, tan persistente, una no puede menos que revelarse con lo que modestamente tiene a su alcance, la palabra; pero utilizando ya la palabra que denuncia, sacando los pies del plato, y que humanamente desahoga. Sin embargo, optamos aún por hablar desde la serenidad y emplear un lenguaje políticamente correcto, aunque cada día esta postura se lleva peor, pues además venimos de aquellos cuarenta años con sus cuarenta noches, y ya el desatino de la violencia de género pesa mucho.





Lo que percibimos, viendo las edades de algunos de estos ‘personajes’, es que a esta sangría no se le ve el fin. Las cifras, sólo en España, son escalofriante: entre los años 2000 y 2009 fueron asesinadas por sus parejas o exparejas 629 mujeres, y se observa que más de 400.000 sufren maltrato en la actualidad. En todos los países del mundo los porcentajes son parecidos, lo que supone una epidemia, que de ser de otra índole, y atacar a todos por igual, traería en jaque a los gobiernos del mundo, que pondrían en manos de sus científicos los medios necesarios para ponerle fin.





Sabemos que este comportamiento viene de lejos y que tiene sus grados, siendo el más extremo el que aquí nos convoca, pero no dejan de tener su importancia otros, por ser quizá el comienzo de futuras tragedias; y estoy pensando en esas ‘miradas de reproche’ a una mujer por parte del padre, el hermano o el novio, cuando ésta pretende salir de casa con un vestido que a ellos no les cuadra -la excusa puede ser el largo, el ancho…, la cuestión es someter a la mujer. A veces estos hechos nos llevan a revelarnos con fuerza y a estar alertas -lo que supone estrés-, pero es mejor así.





Encuentro la vida muy injusta con las mujeres. Porque cuántas en décadas atrás -aún niñas- no se doblegaron a trabajar en la casa familiar lavando y cocinando como esclavas para los demás -dejando a un lado su formación-; y ahora vemos cómo muchas de ellas, tras haberse dedicado al marido y a los hijos, son asesinadas con una maldad extrema. ¿Y qué podemos hacer? Especialistas hay… Parece que creernos el hada madrina del hogar y entregarnos a él -bonito por un tiempo- suele pasar factura. Pues en lógica, toda persona, hombre o mujer, debe tener el egoísmo necesario que le permita, en primer lugar, su independencia económica. Y aunque el maltrato se da en todas las capas sociales y en todas las situaciones, depender de lo que gana un maltratador, parece la peor situación para salir de ese laberinto.





A tenor de la encuesta publicada hace unos días en la que se señala que las mujeres jóvenes están dejando que sus parejas controlen su móvil, que el 80% de los jóvenes ven los celos como una demostración de amor, y que la mayor parte de las adolescentes cree tener que complacer a sus parejas masculinas, pienso que vamos hacia atrás; y esos datos y otros que aún nos vamos encontrando por la vida, me traen a la memoria el ultimo fotograma de ‘My Fair Lady’, cuando el profesor Higgins, tras educar a Liza a su manera, y como demostración de que ha logrado someterla por completo, henchido de ese poder, le dice: “acércame las zapatillas”. En estos asuntos, casi nada es inocente.

Fuente; la opinion de Almería



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